Los zapatos viejos y la cruz de oro.

Por Gerardo Cabrera.

“Después de la verdad, no hay nada tan bello como la ficción” Antonio Machado

-Ramiro.

Ramiro emigró de Bolivia buscando un mejor futuro en Argentina. Su padre fallecido en las festividades Tinku lo dejó huérfano. Hermano mayor de siete, su madre lo envió con su tío para que trabaje y le envíe dinero para subsistir.
 Llegó a la terminal de ómnibus de Buenos Aires sin documentos, casi sin dinero, luego de treinta y seis horas de viaje, una bolsa con muy poca ropa, la panza vacía llena de miedos. Su mamá le había dado instrucciones de quedarse en la terminal, hasta que su tío lo buscara.

 
Su pueblo natal no tenía tantos habitantes como personas bajaban y subían de los autobuses. Las primeras tres horas, luego de su arribo, las pasó parado al lado de la dársena donde había descendido. Observó a cada uno de los apurados transeúntes, primero  con timidez, luego poco a poco se fue relajando. Les miraba el rostro, los ojos, la forma de caminar. Cansado de esperar se animó a ingresar al edificio de la terminal. No hacía tanto calor, y había lugar donde sentarse. Pasaron unas cuatro horas, en las que se apuraba para ir al baño y volver corriendo, temeroso de un desencuentro que lo deje a la deriva. Hasta que apareció su tío.
-¿Ramiro?- Preguntó como tratando de reconocerlo.
-Si.
-Vamos.
Se fue siguiendo la nuca de ese hombre, mientras escuchaba que le decía.
-Te vas a quedar con un amigo. Ya te conseguí trabajo. Te pagará por lo que hagas, cama y comida. En casa somos muchos.

No hubo abrazos, ni sonrisas. Ni preguntas por la familia de allá lejos.


-Felipe
Felipe salió con una gran sonrisa y un temblor en el pecho. Acaba de aprobar su último examen. Afuera lo reciben con una lluvia de harina y huevos. Una pancarta dibujada por sus sobrinos con la leyenda “Felicidades ingeniero”. Un modo tan argentino de festejar con orgullo el logro académico de quienes amamos. Gritos, risas, emociones, mamá, papá, los abuelos, tíos, hermanos y “el nono”. El bisabuelo de noventa y seis años que había llegado al país desde la Europa de la posguerra. Un hombre, con finos y escasos cabellos blancos. Sus enormes manos sosteniendo un alto cuerpo con un bastón. Sus claros ojos brillaban con emoción.

Tenía las escaras del alma con el recuerdo de haberse escapado de la miseria. De como llegó como muchos a tratar de sobrevivir y vivir un poco mejor. Y del trabajo sin descanso. La llegada de sus hijos, todos argentinos.

El nono, mocoso desarraigado, convertido en patriarca a la fuerza, y empujones de su mujer, les inculcó la cultura del trabajo, el estudio, el sacrificio. Lo que él no pudo ser, lo había logrado en su hijo, su nieto y ahora Felipe, su bisnieto mayor. Ser ingeniero. Se había conformado con ser orfebre. Un oficio aprendido por Felipe,  con el que pagara sus estudios.

-Ramiro
Ramiro ya estaba establecido. Su empleador le daba casa y comida. Su tío pasaba una vez por semana a retirar el dinero de su salario para enviárselo a su madre en Bolivia.
Mientras añoraba volver a su pueblo natal, escuchaba el ronroneo de la ciudad en la que ahora vivía pero que no conocía. El mismo se había asombrado de lo rápido que aprendió a coser los zapatos que se fabricaban donde trabajaba, dormía, comía.
Miraba un tragaluz en el techo y soñaba con jugar a la pelota con sus hermanos. Cuando tocaba su frente traspirada, de la húmeda ciudad que tenía vedada, recordando el aire seco y liviano del altiplano.

Domingo al mediodía. En la casa de Felipe llegaban todos los familiares. Sería un día de anuncios y festejos. Mamá, abuelas, tías, hermanas, primas y las “novias” mas allegadas a la familia, participaban del ritual de poner la mesa.
Felicitaciones, bromas, augurios y recuerdos se mezclaron con los aromas de la comida e impregnaron de emociones el ambiente. El anuncio final, Felipe había sido contratado para trabajar en una gran empresa. Las recomendaciones de un profesor, sus buenas notas en la facultad lo respaldaban.

En la fábrica de zapatos, Ramiro fue ascendido a trabajar con la inyectora de suelas. Ya no trabajaría sentado, ahora pasaría las catorce horas diarias de pie en una máquina terminando el calzado.
Después de dos semanas, los vapores del PVC no lo mareaban tanto. Pero no le permitían soñar con su pueblo, con el aire seco y liviano, con sus hermanitos, con su mamá.
A la izquierda da la inyectora le ponen un gran canasto con zapatos cocidos. Los reconoce de inmediato, eran suyos. Esos empeines con doble costura eran únicos en toda la fábrica.

El padre de Felipe, con orgullo contaba, nuevamente, en una reunión con amigos, como su hijo, mientras estudiaba, había trabajado como orfebre. Y que una cruz de oro, realizada por su hijo, con material donado por mucha gente, fue seleccionada entre cientos para ser enviada al Vaticano como obsequio. Una cruz con un gran valor de trabajo y buenas intenciones. Forjada con el sacrifico de noches sin dormir entre trabajo y estudio. Todos conocían la historia de memoria, pero escuchaban con respeto.

Sonaron estruendos, golpes de puertas rotas, pasos y gritos. Personas armadas con uniformes ingresaron en la fábrica dando voces de alto. Ramiro levantó la cabeza, desde el colchón en el piso donde dormía vio como esposaban a su patrón. Los policías revisaban el lugar. Al rato entraron personas vestidas de civil dando órdenes y preguntando a cada uno de los trabajadores nombre, nacionalidad, como trabajaban y vivían.
Le explicaron que ese era un taller clandestino, que era víctima de trabajo esclavo y reducción a la servidumbre. Las mujeres fueron muy amables. Llegaron médicos, los revisaron y llevaron a un albergue. Lloró mucho cuando se enteró que no trabajaría mas haciendo zapatos. ¿Cómo enviaría dinero a su madre? Una semana después su tío lo llevó a su casa. Ya le conseguirían un nuevo trabajo.

En el Vaticano, el cónclave de cardenales, como desde el año 1059, eligen un nuevo Papa. Por primera vez se viste de blanco un cardenal que no es europeo. Los miembros de la casa pontificia, corren de un lado al otro. Preparan la ropa y los accesorios para el nuevo pontífice. Un anciano hombre que habla de humildad y rechaza lujos. Frente a él colocan cruces y anillos de oro. Preparan la ropa, y ofrecen nuevos zapatos.
En un paño rojo, están las cruces con sus cadenas. Una se distingue por su delicadeza y fino trabajo. Unas pequeñas piedras en el centro simulan la figura del Cristo. El nuevo papa no lo sabe, pero esa es la cruz de Felipe. El oro con que está hecha, tiene los viejos y gastados aros de la mamá de Tita. La empleada domestica de los abuelos de Felipe. Ella se los regaló para el proyecto. También el anillo de bodas de su bisabuela. Una cadenita de la hija fallecida de una querida vecina. Una cruz realizada con sacrificio, trabajo y pequeños trozos de amor.
El nuevo papa la rechazó. Indicó que era un lujo innecesario. No conoce la historia de ese objeto, no tiene porqué. También rechazó un anillo y los zapatos italianos de fino cuero y cuidada confección.

La abuela llamó a toda la familia. Ese domingo, todos debían ir a misa en agradecimiento del nuevo Papa. Felipe recibió el llamado en su nueva oficina y confirmó su asistencia a su insistente madre. Nunca se enteró que su cruz estuvo a diez centímetros de la mano del nuevo jerarca.

En la televisión del bar, donde trabaja Ramiro como lava copas, muestran insistentemente imágenes del nuevo prelado de origen latinoamericano. Son casi las cuatro de la tarde, y puede sentarse un rato a descansar. Sobre una mesa un cliente deja abierta una revista donde en un primer plano se resalta la fotografía de los pies papales. Todo el mundo comenta de la humildad de esta persona que rechazó los más finos zapatos, para usar unos gastados que compro en una zapatería en el centro de Buenos Aires. ¡Ramiro los reconoció por las costuras! ¡Eran los hechos por él! Orgulloso hinchó el pecho. Tomo la revista para mostrarle a sus compañeros de trabajo, que esos zapatos, los que usaba el Papa, eran los suyos. De inmediato recordó la máquina, los fuertes olores del plástico inyectado, el dolor de su espalda. El poco dinero que enviaba a su madre. Los meses que no podía pasar una puerta de chapa para caminar por la ciudad. Recordó el maltrato.

Tosió. Tosió simulando haberse atragantado con la comida, así sus compañeros no sabrían del porqué de sus lágrimas.

“Después de la verdad, no hay nada tan bello como la ficción” Antonio Machado

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