25 febrero, 2024

Cuba, monos y bananas

Se dice que un equipo de científicos sometió a un grupo de monos a un experimento social: colocaron en la jaula una banana colgada del techo y una escalera para acceder a ella; cuando un mono subía y tomaba la banana, todos los monos de la jaula eran empapados con una manguera arrojando agua fría. No pasó mucho hasta que si acaso algún mono tenía la insensatez de ir a por la banana el resto se lo impedía por la fuerza; entonces se reemplazó a uno de los mono por uno nuevo el cuál,  lógicamente, intentó conseguir la banana en cuanto fue puesta allí y, esperablemente, sufrió una paliza. Así los monos fueron reemplazados uno a uno hasta que no había en la jaula ningún mono que alguna vez hubiera sido mojado con la manguera, pero igualmente cuando un recién llegado intentaba alcanzar la banana era aporreado por el resto para impedírselo.
Hasta donde éste autor pudo averiguar, éste experimento no es real y nunca se puso en práctica, sin embargo constituye una fábula/metáfora muy clara de un tema muy real: ante lo que no podemos (o creemos que no podemos) modificar tendemos a intentar afectar lo que si podemos, así eso nos prive de la banana. O sea, ante la imposibilidad de detener a los científicos, la comunidad «monil» opta por forzar a sus miembros díscolos a aceptar la renuncia a las bananas.

El caso se vuelve aún más interesante cuando reemplazamos a los monos por sociedades, a las bananas por políticas sociales que desfavorezcan a los capitales concentrados (siendo el comunismo, evidentemente, una potente muestra de tales) y a la manguera con agua fría por desordenes sociales, golpes de Estado o presiones económicas externas. Curiosamente, la mayoría de los monos seguimos siendo monos afirmando con vehemencia «¿para que carajo subiste por la banana? ¿no te das cuenta que todo se vuelve horrible cuando alguien hace eso?». Algún mono incluso dice que buscar bananas «no funciona», que mejor conformarse con ese bol de frutas que si bien no alcanza para que todos coman bien, si te esforzás sacás una ración decente, sin prestar mayor atención a que los científicos se zampan un asado mientras.

Alguien podrá afirmar que comparar algo como el socialismo (o cualquier medida de distribución de la riqueza) con algo con carga netamente positiva como tener más comida es falaz. Es un punto debatible que a fines didácticos concedo por innecesario de defender, toda vez que lo antedicho no busca afirmar que el comunismo es bueno o malo, simplemente postula que mientras aparezca la manguera cada vez que una sociedad busca ese camino (o cualquier variante así sea muy atenuada), las conclusiones están viciadas toda vez que hay una garantía dada por un actor externo de que algunas cosas se van a poner feas. Sobre esto último, el actor externo, sería necio no tomarlo como un hecho: EEUU abiertamente injiere en los países que siquiera amenazan ya no con virar a la izquierda sino con salirse del bloque de sus aliados (subordinados). Pasó en el Chile de Allende en el ‘ 73, pasó con Alfonsín en el ’89, pasó en la Bolivia de Morales del ’19. El tiempo pasa, pero la canción sigue siendo la misma.

Lógicamente, éste es el momento en que alguien grita desde el fondo «pero esos países violan la libertad y…» argumentos varios. No voy a caer en la baratija de decir: «pero y Guantánamo» u «opiná de las presiones sobre el caso Marielle Franco en Brasil» (activista asesinada en 2018 por grupos vinculados a uno de los hijos de Bolsonaro) o incluso «fijate la cantidad de activistas sociales asesinados en Colombia durante 2021». Ojo, serían todos argumentos válidos pero planteados así caen en lo que me gusta denominar (desconozco si tiene un nombre formal) «la falacia de la máxima prioridad), o sea, ante cualquier mal siempre puedo derivar el tema a debatir si eso es realmente lo que más importancia tiene, y como es sabido en ciencias de la computación que un sistema de prioridades de clave múltiple implica un factor subjetivo, ese debate no tiene solución. En castellano (o casi) si no existe un criterio objetivo para ordenar la prioridad de dos problemas siempre podemos «cambiar de cancha» y terminar debatiendo si realmente debiéramos hablar de… no sé, feminicidios mientras hay desnutrición o desnutrición mientras más gente muere en accidentes de tránsito o de accidentes de tránsito en medio de una pandemia. No importa el tema, la falacia funciona siempre. Por eso, como decía, no voy a caer en algo que se le parezca, en su lugar hablemos del «delito universal».

Imaginemos que, cansados de los «motochorros», se redacta una ley que prohíba llevar acompañante en las motos (ya se ha intentado, por cierto, no funciona), pero en la práctica la policía no molesta al motoquero de la Harley que lleva a un amigo ni al tipo de la Yamaha que va con la novia, pero no falla en aplicarla contra los dos pibes que van en una Motomel. ¿Qué es porque cierra el perfil? Ok, eso se llama «portación de rostro», pero dale, vamos a otro ejemplo a pesar de que por un detalle así se comió un tiro en la cabeza Jean Charles de Menezes en 2005, un pibe brasileño al que la policía londinense le vio cara de terrorista y, como llevaba una mochila, lo mató por las dudas. Otro ejemplo entonces: supongamos que en pandemia prohibimos marchar pero hacemos la vista gorda cuando la marcha es propia mientras que cuando es ajena mandamos a gendarmería a reprimir. ¿Mejor?

Llegado a éste punto ya va siendo hora de develar el truco: si ponés una ley que se incumpla a mansalva o, mejor aún, una de cumplimiento imposible, siempre vas a poder argumentar que el que te cae mal o te representa una amenaza de cualquier índole y por cualquier motivo incumplió esa ley. Fue lo que sucedió en Brasil con la destitución de Rousseff (que jamás tuvo tan siquiera una denuncia de corrupción), fue destituida por reasignar fondos del presupuesto, algo prohibido pero que todos y cada uno de los mandatarios han hecho al menos desde la restitución democrática de 1985.
Con ese recurso podemos condenar a quienes nos caen mal y simplemente ignorar la falta de los que nos caen bien. Y acá ya no hay falacia de prioridad, si sólo condenás a quienes toman medidas de izquierda pero omitís hacerlo con los de derecha, no estás condenando la falta sino las medidas de izquierda. O sea, se convierte en un tema de ley nominal versus ley fáctica: en la letra decís algo pero lo que hacés en la práctica (el efecto real) es otra cosa.
La cuestión se pone más compleja cuando, genuinamente interesado por la falta, condenas a todos por igual, porque resulta que si existe quien frena los consensos en las condenas a los países de derecha pero avala selectivamente cuando son contra países de izquierda, lo que se sigue condenando es ser de izquierda.

Si falta una cereza para la torta, vemos por doquier (redes, prensa) cómo se escala un conflicto social (que no difiere mucho de los que hubo a lo largo de todo el globo por la pandemia) a «la gente se cansó del régimen». Nadie lo dice de EEUU por el BLM, ni lo dijo de Francia por los chalecos amarillos, ni de España con la sublevación de Calaluña, ni siquiera ante las protestas en El Salvador, Chile o Colombia, pero si en Cuba porque, lógicamente, abunda el opinólogo (de derecha) que cree que ya va siendo hora de que esa gente de mierda se canse de una vez de ese sistema de mierda, por dios santo ¿hasta cuando nos van a obligar a asfixiarlos económicamente? ¿No se dan cuanta esos pelotudos que empiezo a sentirme mal por estar obligado a complicarle alimentarse en medio de una pandemia que afecta su principal industria y modo de subsistencia? ¿Se creen que me gusta seguir con la manguera?
Y así, el manguerazo no obedece a la violencia interna ni a la actitud del mono regente (todos temas muy válidos de crítica y debate) sino a un pueblo «monil» que se rehúsa tercamente a dejar de subir a esa escalera a buscar la banana, quizás consciente de que en el momento que lo haga el experimento se termina y no habrá más manguerazos, pero probablemente tampoco más bananas.

About Author