25 febrero, 2024

El tío Guito y la fragata.

Un relato inflacionario.

Por Gerardo Cabrera -Este cuento forma parte del libro “Relatos con idiosincrasia argentina”

El negocio del barrio.
Era el final de la década del sesenta. Vivía con mis padres y hermanos en mi ciudad natal, Gualeguaychú. Hacía pocos meses que la calle había abandonado los huellones barrosos para lucir una extraordinaria pista de carreras. Los carritos con rulemanes como ruedas hacían saltar chispas al pavimento en aquellas siestas estivales.
Era época de progreso en el barrio. Las veredas de baldosas grises y rojas, también dejaron atrás los senderos entre pastizales.
Mi casa, la de la esquina, justo enfrente a la de Don Lavigna que abrió un negocio. Esos kioscos a puerta abierta donde se compraba desde artículos librería, el hilo de coser, caramelos hasta los cigarrillos. No le decíams kiosco, ni polirrubro, ni drugtore; simplemente era “el negocio de la esquina” o “lo de Don Lavigna”. A él le compraba los caramelos masticables más ricos. De esos que se terminaban de pelar con los dientes.

Mi tio Guito.
Al menos una vez a la semana el esposo de mi madrina, “el tío Guito”, venía a charlar de negocios con papá. A mi vista, eran dos colosos gigantes. Es que ese año había cumplido mis cinco, y ellos eran dos personas realmente grandes.
Mi tío era más simpático que papá. Un fumador empedernido de cigarrillos “Colorado”. Me gustaba como me acariciaba mi cabeza. Tenía los dedos mas suaves que los rústicos de mi papá.


En esa época, y en aquella ciudad, cruzar la calle para un niño como yo, era tan normal como jugar en la vereda, en una plaza, o trepar a un árbol. Poco tránsito, todo los vecinos se conocían, las puertas de las casas permanecían abiertas y sin llave aún en horas de siesta.
Tio Guito, que no paraba de fumar, solía pedirme que le comprara cigarrillos. Para ello me daba el dinero justo que entregaba arrollado a Don Lavigna a cambio del paquete.
De regreso, el tío metía su gorda mano en un bolsillo, sacaba una moneda diciendo:
-Si cae al piso es mía. –la moneda daba vueltas en el aire haciéndome saltar para cobrar “mi pago” por el mandado.
Pocas veces la moneda tocó el piso. Una plateada y brillante moneda de cinco pesos, con la imagen de una icónica fragata en el reverso. Para unos era la fragata Libertad, para otros la fragata Sarmiento. Pera mi eran los caramelos que compraría.
La risa de los dos hombretones al verme correr nuevamente a la tienda no me amedrentaba. Sentía una verdadera fascinación por dejar mis cinco pesos en el mostrador y señalar el frasco de caramelos. De esos masticables frutados que se pegaban a los dientes.
Eso sucedía al menos dos veces a la semana. No puedo recordar durante cuánto tiempo. Sí, que fue mi primera desilusión con el Peso Moneda Nacional.
De los cinco caramelos que compraba en un  principio, de repente me dieron cuatro. Al tiempo solo tres. Los precios subían, el dinero, mi moneda, valía menos.
Mi primer contacto con la inflación.
A pesar de que mi tío, con ese simpático gesto, me enseño que para ganarme la moneda, debía realizar un trabajo. No contaba con una enseñanza colateral. Aprendí el sabor amargo que genera la inflación. Los precios subían, el dinero, mi moneda, valía menos.
Lamentablemente el tío Guito no aceptaba reclamos de recomposición de sueldos.
Mis pequeñas manos se daban cuenta que tenía menos del dulce y perfumado placer.

Pasaron cincuenta años, no voy a aburrir contando todos los cambios monetarios que vivimos. Tanto, que algunas veces en tertulias se nos confunden los años y los recuerdos asociados con las monedas.

Por mi parte, hace décadas que no ejerzo la adicción al cigarrillo y en la actualidad es ilegal que un menor los compre. Las monedas metálicas no son consideradas un buen valor de intercambio. Representan el importe mínimo de nuestra divisa y todos presumimos su pronta desaparición. Así pues, un billete que deja de circular para ser reemplazado por monedas, se toma como la fracción que caerá en desuso.
Eso es lo que ocurrió con el verde billete de cinco pesos, que supo valer cinco dólares. Deja de circular y a cambio se puso en circulación una nueva moneda. No tan linda y brillante como la que me daba el tío Guito, pero representa el mismo valor.

Profesando mi nuevo oficio de abuelo, quise emular a mi entrañable tío. Metí mí, ahora, gran mano en mi bolsillo y con el mismo movimiento la moneda salió dando vueltas. Mi chiquito la tomo en el aire, y fuimos a comprar sus caramelos.
La colocó sobre el mostrador, y señaló los dulces que quería. Le dieron tres. Del mismo tipo, similares a los que comía a su edad.
Su manito blanca luchó con el envoltorio pegajoso y terminó raspando el papel con los dientes.
Acaricié su  cabeza, muy pequeña en mi mano. Me recordé en mi papá y en el tío.
Caminamos los pocos metros hasta casa.
Mientras el aroma dulce de los caramelos perfumaba el aire, pensé que a pesar de la tecnología de estos tiempos, muy poco se innovó sobre golosinas. Y que a pesar de las décadas de experiencia, los economistas y los políticos siguen haciendo las cosas mal. Tres caramelos por cinco pesos. Cinco décadas después y todo sigue igual.

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