Te invitaría a mi cumpleaños, pero…

Una semana viviendo varios países en uno, un lujo que sólo acá nos damos

Hace una semana nos despachamos que el final de contrato de Messi, efectivamente y por primera vez, tenía un final. Arrancó una novela que incorporó a la clase periodista deportiva (si hay sustento teórico para nombrar «clase» a los políticos, sobran motivos para los periodistas deportivos). Pudimos apreciar a una línea pidiendo que Messi vaya a un «club normal», un solapado intento de verlo naufragar en mitad de tabla para luego gritar «yo les dije, sólo puede jugar con estrellas y entre algodones». Otra vertiente, casi ultra, exigió que Lio juegue gratis, ¡qué tantas lágrimas y carilinas! Si quiere al club como dice, era el momento de la prueba de amor. Una facción de periodistas, más corporativos y temerosos de perder su quinta, reparaba en que el ídolo le daba exclusivas a un streamer. ¡Por favor! ¿Qué plan siniestro persiguen estos futbolistas modernos, que hablan con Ibai Llanos y no sucumben ante la tentación de recibir preguntas del Pollo Vignolo, un consejo de Oscar Ruggeri o un cruce con el gordo Palacios? Es que el 0.01 de rating de mi programa en ESPN valen menos que los 300 mil espectadores que siguieron la entrevista en Twitch? Y que fueron avisados con apenas unas horas de antelación??? Malas noticias, amigo periodista, es así. El mundo empezó a moverse por otros lados y con otras necesidades.

Alber, esta noche vienen unas amigas…

Repetida hasta el hartazgo, la frase de Napoleón acerca de no interrumpir al enemigo cuando está metiendo la gamba, esta semana adquirió relevancia por la contraria.
Una campaña electoral, en teoría, consiste en la puesta a consideración de diversas plataformas de acción política al electorado. Teoría.
En esta parte del mundo el guiso tiene más condimentos que ingredientes, pero por primera vez en años asistíamos a una campaña donde un sector (oficialismo) se debería haber dedicado a la foto, el corte de cinta y fundamentalmente, a practicar la plancha hasta que le avisaran que era diciembre.
El otro sector, heterógeneo pero dominado por el anterior oficialismo, estaba dirimiendo candidato a candidato, para todos los puestos y en todos los rincones. Con una discusión fuerte, peleando afuera lo que debería guardarse puertas adentro y por momentos a los gritos, todo llegó a un abrupto final cuando apareció la foto del cumple. Comenzaron a mirarse entre todos, y comprendieron que nadie está exento de pegarse un escopetazo en el pie. Ahora sí se abrió un camino, no importa si fue por virtud propia o por torpeza ajena. Y al final, ya podrán salir a hablar del otro sin tener que explicar demasiado lo propio.

Un ex ministro, ex legislador y fallido candidato a gobernador, dijo una vez «Nos hablan de moral con la bragueta baja». Cambiamos el interlocutor, y tampoco se sube el cierre.

Mientras, en una semana es mi cumpleaños

De programar cumpleaños grandes, con muchos invitados, a dejar pasar la fecha. Pero nada comparable al cumple en pandemia con múltiples llamadas de video… o por Zoom. Creo que corto internet ese día. ¿Es que la costumbre de no compartir al ritmo de antes se termina imponiendo? No digo que en todos, pero lo noto en muchos. La sensación de «aquello no vuelve más» me parece cierta. Tan cierta como el desgano con el que alguno te dice «cuando se termine todo nos volvemos a juntar».
Creo que todo conspira para que, en mayor o menor medida, cada uno construya su «fortaleza» y se siga manejando por cualquiera de las tantas vías que tenemos a mano para comunicarnos. Y en muchísimos casos, poniendo los audios en 1.5x, para que tampoco te roben demasiado tiempo…

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NTETA
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